viernes, 26 de mayo de 2017

ESPANTOSO JUICIO Y ETERNA CONDENACION DEL ALMA DE UN NOBLE, QUE MURIO DE REPENTE - SANTA BRIGIDA


Espantoso juicio y eterna condenación del alma de un noble, que murió de repente sentado a la mesa.

Vio santa Brígida gran muchedumbre de la corte celestial, a la que habló Dios y dijo: Esa alma que ahí veis no es mía, porque de la llaga de mi costado y de mi corazón no se compadeció más, que si hubiera visto traspasado el escudo de su enemigo; de las llagas de mis manos hizo tanto caso, como si se rompiera un lienzo endeble; y las llagas de mis pies las miró con tanta indiferencia, como si viera partir una manzana madura. 

Enseguida dijo el Señor al alma de aquel condenado. Durante tu vida preguntabas muchas veces por qué siendo yo Dios, morí corporalmente. Mas ahora te pregunto, ¿por qué has muerto tú, miserable alma? Porque no te amé, respondió. Y el Señor le dijo: Tú fuiste para mí como el hijo abortivo, cuya madre padece por él tanto dolor como por el que salió vivo de su vientre. Igualmente, yo te redimí a tanta costa y con tanta amargura como a cualquiera de mis santos, aunque no te cuidaste de ello. 

Pero así como el hijo abortivo no participa de la dulzura de los pechos de la madre, ni del consuelo de sus palabras, ni del calor de su regazo, de la misma manera, no tendrás tú jamás la inefable dulzura de mis escogidos, porque te agradó más tu propia dulzura. Jamás oirás en provecho tuyo mis palabras, porque te agradaban las palabras del mundo y las tuyas, y te eran amargas las palabras de mis labios. Jamás sentirás mi bondad ni mi amor, porque eras fría como el hielo para todo bien. Ve, pues, al lugar en que suelen arrojarse los abortivos donde vivirás en tu muerte eternamente; porque no quisiste vivir en mi luz y en mi vida. 

Después dijo Dios a sus cortesanos: Amigos míos, si todas las estrellas y planetas se volviesen lenguas y todos los santos me lo rogasen, no tendría misericordia de ese hombre, que por justicia debe ser condenado. 

Esta miserable alma fue semejante a tres clases de hombres. En primer lugar, a los que en mi predicación me seguían por malicia, a fin de hallar ocasión de acusarme y de venderme por mis palabras y hechos. Vieron estos hombres mis buenas obras y los milagros que nadie podía hacer sino Dios; oyeron mi sabiduría, y reconocieron como loable mi vida, y sin embargo, por esto mismo tenían envidia de mí, y me detestaban; ¿y por qué? Porque mis obras eran buenas y las suyas malas, y porque no toleré sus pecados, sino que los reprendía con severidad. 

Igualmente, esta alma me seguía con su cuerpo, pero no por amor de Dios, sino sólo por bien parecer de los hombres; oía mis obras y las veía con sus propios ojos, y con esto mismo se irritaba; oía mis mandamientos, y burlábase de ellos; sentía la eficacia de mi bondad, y no la creía; veía a mis amigos adelantando en el bien y teníales envidia. ¿Y por qué? Porque eran contra su malicia mis palabras y las de mis escogidos, contra sus deleites mis mandamientos y consejos, y contra su voluntad mi amor y mi obediencia. Con todo, decíale su conciencia, que yo debía ser honrado sobre todas las cosas; y por la hermosura de los astros conocía que yo era el Creador de todas las cosas; por los frutos de la tierra y por el orden de las demás cosas sabía que yo era su Dios; y a pesar de saberlo, irritábase con mis palabras, porque reprendía yo sus malas obras. 

Fue semejante, en segundo lugar, a los que me dieron la muerte, los cuales se dijeron unos a otros: Matémosle decididamente, que de positivo no resucitará. Yo anuncié a mis discípulos que resucitaría al tercero día; pero mis enemigos, los amadores del mundo, no creían que yo resucitaría como justicia, porque me veían como un mero hombre, y no vieron mi divinidad oculta. Por consiguiente, pecaban con confianza, y casi tuvieron alguna excusa, porque si hubiesen sabido quién era yo, nunca me habrían muerto. Así, también, lo pensó esta alma y dijo: Hago lo que quiero, le daré la muerte decididamente con mi voluntad y con mis obras que me deleitan: ¿qué perjuicio se me sigue de esto, ni por qué he de abstenerme? No resucitará para juzgar, ni juzgará según las obras de los hombres; pues si juzgara tan rigurosamente, no habría redimido al hombre; y si tuviera tanto odio al pecado, no sufriría con tanta paciencia a los pecadores. 

Fue semejante, por último, a los que custodiaban mi sepulcro, quienes se armaron y pusieron centinelas, para que no resucitase yo, y decían: Custodiemos con cuidado a fin de que no resucite, no sea que tengamos que servirle. Lo mismo hacía esta alma: armóse con la dureza del pecado, custodiaba cuidadosamente el sepulcro, esto es, se guardaba con empeño de la conversación de mis escogidos, en quienes descansó, y esforzábase porque ni mis palabras ni sus consejos llegasen a él, y decía para sí: Me guardaré de ellos para no oír sus palabras, no sea que estimulado por algunos pensamientos de Dios, principie a dejar el deleite que he comenzado, y no sea que oiga lo que desagrada a mi voluntad. Y de este modo, por malicia se apartó de aquellos a quienes debiera haberse unido por amor. 

Declaración. 

Fue este un hombre noble, enemigo de todo lo bueno, el cual blasfemando de los santos y de Dios mientras comía, al estornudar, se quedó muerto sin sacramentos, y vieron presentarse en juicio su alma, a la que dijo el Juez: Has hablado como has querido y has hecho en todo tu voluntad; por consiguiente, ahora debes callar y oír. Aunque todo lo sé, respóndeme para que esta lo oiga. ¿No oíste, por ventura, lo que yo dije: No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta? ¿Por qué, pues, no te volviste a mí, cuando pudiste? Lo oí, respondió el alma, pero no hice caso. Y le volvió a decir el Juez: ¿No dije, por ventura: Id, malditos, al fuego eterno, y venid a mí, benditos? ¿Por qué no te dabas prisa para recibir la bendición? 

Y respondió el alma: Lo oí, pero no lo creía. Y dijo otra vez el Juez: ¿No oiste que yo, Dios, soy justo, eterno y terrible Juez? ¿por qué no temiste mi juicio futuro? Y contestó el alma: Lo oí, pero me amé a mí mismo, y cerré los oídos para no oir nada de ese juicio, y tapé mi corazón para no pensar en tales cosas. Por consiguiente, dijo el Juez, es justo que la aflicción y la angustia te abran el entendimiento, porque no quisiste entender mientras pudiste. 


Entonces el alma, arrojada del tribunal, dando espantosos aullidos, exclamó: ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡qué pago! ¿Pero cuándo será el fin? Y al punto se oyó una voz que dijo: Como el mismo principio de todas las cosas no tiene fin, así tampoco tendrá tu penar fin alguno. 

Profecías y Revelaciones de Santa Brígida
Libro 6 - Capitulo 19

martes, 23 de mayo de 2017

LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO: LA MUERTE DEL PAPA PÍO IX



LA MUERTE DEL PAPA PÍO IX 
SUEÑO 104.—AÑO DE 1877. 
(M. B. Tomo XIII, págs. 42-44) 

El 1 de febrero de 1877, a su regreso de Roma, se despidió de los hermanos y amigos de Magliano, partiendo para Florencia. 

En esta ciudad se detuvo hasta el día tres del mismo mes, hospedándose en casa de la piadosa y caritativa Marquesa Uguccioni, aun profundamente afligida por la muerte reciente del esposo. En la mañana del cuatro se encontraba en Turín, donde fue recibido en el Oratorio, como de costumbre, en medio del mayor júbilo. 

Dos días después de su llegada, el [Santo] volvía a Roma en sueños; sueño profético que contó privadamente a los directores reunidos para las conferencias anuales. 

Ofreceremos el relato del mismo, tal como lo escribieron inmediatamente después de oírlo, Don Barberis y Don Lemoyne. 

Hay que hacer notar que el Eminentísimo Cardenal Monaco La Valetta, Vicario de Su Santidad, después de la muerte del Cardenal Patrizi, había rogado a San Juan Bosco que enviase algunos salesianos a dirigir el Hospital de la «Cosolazione» que surge a poca distancia del Foro Romano. Aunque la escasez de personal era grande, San Juan Bosco, siendo la primera vez que el nuevo Cardenal Vicario pedía un favor a la Congregación, deseaba ardientemente complacerlo. La noche del siete de febrero, habiéndose retirado a descansar el [Santo] obsesionado con este pensamiento, soñó que se encontraba en Roma. 

***************************************************************

Me pareció —dijo a sus oyentes— que me encontraba de nuevo en Roma; me dirigí inmediatamente al Vaticano sin acordarme del almuerzo, ni de pedir audiencia, ni de otra cosa alguna. Mientras me encontraba en una sala he aquí que llega el Papa Pío IX y se sienta a la buena de Dios y en plan de amigo en un sillón o canapé que estaba junto a mí. Yo, maravillado, intento ponerme de pie y rendirle los homenajes consiguientes; pero él no me lo permitió, sino que con la mayor premura me obligó a que me sentase a su lado, comenzando inmediatamente el siguiente diálogo: 

—Hace poco que nos hemos visto. 

—En efecto; hace pocos días— le contesté.

—De ahora en adelante nos veremos con más frecuencia —continuó el Vicario de Cristo— porque hay muchas cosas que tratar. Entretanto, dígame: ¿Qué ha hecho ya desde que partió de Roma? 

—Ha habido poco tiempo —le contesté—; se han reanudado varios asuntos que quedaron interrumpidos a causa de mi ausencia y después se pensó en lo que se podría hacer en favor de los Conceptinos. Mas he aquí que me llega una petición del Cardenal Vicario, rogándome que nos encarguemos de la dirección del Hospital de la Cosolazione. Es la primera petición que nos hace dicho Cardenal y querríamos complacerle; pero al mismo tiempo nos sentimos abrumados por la falta de personal.

—¿Cuántos sacerdotes ha mandado ya a los Conceptinos?—, me preguntó el Papa Pío IX. Y entretanto me hizo pasear con él teniéndome de la mano. 

—Hemos enviado uno solo —le dije—, y estamos estudiando la manera de poder mandar algunos más, pero no sabemos de dónde sacarlos.

—Antes de atender a otra cosa —prosigue el Papa— procura atender a Santo Spirito. Poco después el Santo Padre, erguido sobre su persona, con la cara levantada y como radiante de luz, clavó su mirada en mí. 

—¡Oh, Santo Padre!, —le dije—; ¡si mis jóvenes pudiesen contemplar el rostro de Su Santidad! Yo creo que quedarían fuera de sí por el consuelo. ¡Le aman tanto! 

—Eso no sería imposible —me replicó el Papa Pío IX—. A lo mejor pueden ver realizado este deseo. 

Pero de pronto, como si se sintiese mal, apoyándose en una parte y otra se dirigió a sentarse en un canapé y después de haberlo hecho se tendió en él a lo largo. Yo creí que estuviese cansado y quisiera acomodarse para descansar un poco; por eso busqué la manera de colocarle un almohadón un poco elevado para mantenerle la cabeza en alto: pero él no quiso, sino que extendiendo también las piernas, me dijo: 

—Hace falta una sábana blanca para cubrirme de la cabeza a los pies. 

Yo lo miraba atónito y estupefacto; no sabía qué decirle, ni qué hacer. No entendía nada de cuanto sucedía. Entonces el Santo Padre se levantó y dijo: 

—¡Vamos! 

Al llegar a una sala donde había muchos dignatarios eclesiásticos, el Santo Padre, sin que los demás se diesen cuenta se dirigió a una puerta cerrada. Yo abrí la puerta inmediatamente, para que el Papa Pío IX, que estaba ya cerca, pudiese pasar, Al ver esto, uno de los prelados comenzó a mover la cabeza y a decir entre dientes: 

—Esto no le corresponde Don Bosco; hay personas indicadas para que realicen estos menesteres. 

Me excusé de la mejor manera posible, haciendo observar que yo no usurpaba ningún derecho, sino que había abierto la puerta porque ningún otro lo había hecho para que el Papa no se incomodara y tropezara. 

Cuando el Santo Padre oyó mis palabras, se volvió hacia atrás sonriendo y dijo: 

—Déjenlo en paz; soy yo quien lo quiero. 

Y el Papa, una vez que hubo transpuesto la puerta, no apareció más. 

Yo me encontré, pues, allí completamente solo sin saber dónde estaba. 

Al volverme a un lado y a otro para orientarme, vi por allí a Buzzetti. Esto me causó grande alegría. Yo quería decirle algo, cuando él, acercándose a mí, me dijo: 

—Mire que tiene los zapatos viejos y rotos. 

—Ya lo sé —le dije—; ¿qué quieres? Han recorrido ya mucho terreno estos zapatos, son los mismos que tenía cuando estaba en Lanzo; aquí en Roma han estado ya dos veces; también estuvieron en Francia y ahora están otra vez aquí. Es natural que estén en tan mal estado. 

—Pero ahora —replicó Buzzetti— es tiempo de que los deje; ¿no ve que los talones están completamente rotos y que lleva los pies por los suelos? 

—No te digo que no lleves razón —contesté—, pero, dime: ¿sabes tú dónde nos encontramos? ¿Sabes qué es lo que hacemos aquí? ¿Sabes por qué estamos aquí? 

—Sí, que lo sé— me contestó Buzzetti.

 —Dime, pues —proseguí yo—; ¿estoy soñando o es realidad lo que veo? Dime pronto algo. 

—Esté tranquilo —replicó Buzzetti— que no sueña. Todo cuanto ve es realidad. Estamos en Roma, en él Vaticano: El Papa ha muerto. Y tanto es verdad esto que cuando quiera salir de aquí encontrará grandes dificultades para lograrlo y no dará con la escalera. 

Entonces yo me asomé a las puertas, a las ventanas y vi por todas partes casas en ruina y destruidas y las escaleras deshechas y escombros por doquier. 

—Ahora sí que me convenzo de que estoy soñando —dije—; hace poco he estado en el Vaticano con el Papa y no había nada de todo esto. 

Estas ruinas —dijo Buzzetti— fueron producidas por un terremoto repentino que tendrá lugar después de la muerte del Papa, pues toda la Iglesia se sentirá sacudida de una manera terrible al producirse su fallecimiento. 

Yo no sabía ni qué decir, ni qué hacer. Quería bajar a toda costa del lugar donde me encontraba; hice la prueba pero temí rodar a un precipicio. 

Con todo intentaba descender, pero unos me sujetaban por los brazos, otros por la ropa y un tal por los cabellos con tanta fuerza que no me permitía dar un paso. Yo entonces comencé a gritar:` 

—¡Ay, que me hace daño! 

Y tan grande fue el dolor que sentí, que me desperté encontrándome en el lecho, en mi habitación. 

***************************************************************

 El [Santo], aunque no se reservó para sí este sueño, prohibió a los Directores que hablasen de él, expresando así su parecer de que por de pronto no se le debía dar importancia alguna. Pero luego se comprobó de allí a un año, que no se trataba de un sueño ordinario, en efecto, en las primeras horas de la noche del seis al siete de febrero, el gran Pontífice [Beato] Pío IX, después de una rápida enfermedad, entregó su bella alma al Señor. 

Los Sueños de San Juan Bosco
_______________________

Nota de A.E.
Aquí en este sueño profético San Juan Bosco predice que después de la muerte de un Papa habrá un terremoto, esto aun no se a cumplido.


ACUERDO CON ROMA: FELLAY CAMINA JUNTO CON LUTERO, A TRAVES DE FRANCISCO


Francisco el 13 de mayo, en Fátima, habló del "camino del ecumenismo, es decir, caminar juntos, con la oración, con el martirio, con las obras de caridad, las obras de misericordia" y dejó claro que camina junto con Fellay y con Lutero. Aún dijo: " No me gusta apresurar las cosas: caminar, caminar, caminar, después se verá" ... "Los teólogos continuarán estudiando, pero tenemos que recorrer el camino. Y con los corazones abiertos a las sorpresas".


Creedlo, amigo, hay un acuerdo, sí, lo andaban haciendo a lo tonto. No es casualidad que algunos sacerdotes se estén desahogando públicamente y están siendo perseguidos.

Haga lo correcto: si quiere seguir siendo católico, deje la locura de Fellay, que quiere estar en plena comunión con la Iglesia del Concilio Vaticano II y con el propio concilio (Que, para él, es un 95% bueno y un 5% discutible), y vuelva a la Iglesia Católica.

No olvide: la Fe es más importante que los Sacramentos.


Drª Carla d'Amore


http://www.agencia.ecclesia.pt/noticias/vaticano/vaticano-papa-aberto-ao-dialogo-com-a-fraternidade-sacerdotal-de-sao-pio-x/.

Fuente: Pale Ideas - Tradição Resistente 

domingo, 21 de mayo de 2017

FATIMA, RECALIFICADA



Recalificar un terreno, se convirtió hace años en una ocasión estupenda para enriquecimiento de políticos de todo pelaje. Una zona que estaba teniendo un uso rural, se recalificaba convenientemente para tener uso turístico, subía el precio de la tierra y en ese trayecto, nada por aquí, nada por allá… salían algunos milloncejos a distribuir entre los pillastres de turno, comisionistas, alcaldes o mediadores varios. Eso pasó en España durante todo el tiempo del boom turístico, aunque hay que reconocer que hoy en día este tipo de acciones se hacen con más descaro, más estilo y resultados de más volumen. En todo caso, la recalificación permitía dar un uso distinto al que se estaba dando hasta el momento, para lucrarse todo quisque.

Hoy día, en la Iglesia de Francisco (parece que es el propietario), se está recalificando todo, sin prisa pero sin pausa. Siguiendo el calendario bergogliano y los estatutos de la mafia de Saint Gall que es la que parece ser que montó el negocio, probablemente con capital judío y otras aquiescencias multicolores. El caso es que la desmitologización propuesta por Bultmann fue un juego de niños, comparado con esto. El protestante Bultmann encandiló a todos los teólogos y jerarcas católicos de la época, al proponer desmitologizar los milagros y todo el contenido del Evangelio que se presumiera mito, o sea, no exactamente histórico. Con este método, se cargó los evangelios en su totalidad, pues se comprobó científicamente que todo era mito. Gracias a Bultmann y sus católicos monaguillos, babosos y corifeos varios, pudimos interpretar existencialmente lo que no era mas que una pura creencia mitológica, exagerada por el panolismo intelectual de la época y mantenida por los centro de poder interesados.

Ahora estamos en otros tiempos. Pasado el viejo Bultmann, hay que desmitificar de otra manera. Hay que recalificar, redefinir, redirigir, reordenar… eso que un post-moderno llamaría cambiar de paradigma. Sólo de esta forma se puede despertar al pueblo fiel de su sueño dogmático y hacerle ver que las cosas no son como se las habían contado antes del Concilio. Y como todavía quedan ciertos resquicios, atavismos y creencias en el tintero, pues se recalifican, se reinterpretan y se destruyen.

Hay que tener en cuenta que las apariciones de Fátima tuvieron lugar hace cien años, nada menos. En aquella época, la Iglesia era más bien madrastra. Todavía no se había determinado la Iglesia a poner la venda de la misericordia antes que el castigo de la intolerancia, y por eso no es de extrañar que estos niños hablaran de visiones del infierno, de almas que iban cayendo al abismo de fuego, o de castigos a este mundo ateo y descreído. Eran unos niños buenos, sin duda. Y por eso los canonizamos aprovechando el viaje. Pero habían estudiado el catecismo en el Astete seguramente y no habían conocido los Catecismos de las Conferencias Episcopales de ahora. Seguro que la catequesis de la Primera Comunión la hicieron con algún cura reaccionario que sólo pensaba en el castigo por el pecado y no en la misericordia. Y además, seguro que les enseñaron a ser rígidos a estos pobres niños. De hecho, parece que sí que lo eran, a juzgar por sus obsesiones por el infierno, por salvarse y por rezar por la conversión de los pecadores. Vamos a canonizarlos, pero nada de pensar que la Virgen vino a traer mensajes de castiguitos y llamaradas de fuego del infierno o de guerras para este mundo. Y mucho menos de que en la cúspide de la Iglesia se perdiera la fe.

El mensaje de Fátima, ha sido sistemáticamente olvidado y despreciado por los Papas, de una u otra forma. Así, Juan XXIII no hizo caso de la Virgen y se negó a publicar el tercer secreto en la fecha que Ella había mandado a los niños videntes. Roncalli comprendió que la Virgen no estaba el tanto de los problemas de nuestro Mundo y que no se había percatado de que era altamente conveniente no publicarlo. La pobrecita de la Virgen exageraba un poco y era conveniente esperar.

Lo mismo hicieron sus sucesores. Aunque se dio un paso más al hacer público el tercer mensaje que como han demostrado suficientes expertos en el tema, ha sido una especie de timo de la estampita. Un mensaje amañado, recortado, sesgado y censurado. Porque una vez más, había que reinterpretar a la Virgen, que no podía comprender que resultaba inadecuado, inconveniente y altamente desaconsejable publicarlo tal cual. Así, Juan Pablo II, con la ayuda de Bertone, Ratzinger y otros, elaboraron esta peculiar desdramatización, haciendo creer que todo se centraba en la persona de Juan Pablo II y su atentado. Mucho habría que hablar de todo esto, pero internet está poblado de informaciones sobre el tema.

Francisco, dando un paso más y en su más puro estilo destructor, ha recalificado y cambiado el paradigma de todo lo que Fátima representa. No sólo se mantiene en la línea de sus predecesores -¿a quién le interesa el tercer secreto, o si la segunda sor Lucía era auténtica o falsa?-, sino que además, ha reinterpretado y recalificado el resto de mensajes de Fátima. Incluso los que no son secreto. La Virgen María, -dice Francisco-, no puede venir a darnos mensajes de avisos de castigos o de peligros, porque Ella es una Madre que nos ama.
____________________

Peregrinos con María… ¿Qué María? ¿Una maestra de vida espiritual, la primera que siguió a Cristo por el «camino estrecho» de la cruz dándonos ejemplo, o más bien una Señora «inalcanzable» y por tanto inimitable? ¿La «Bienaventurada porque ha creído» siempre y en todo momento en la palabra divina, o más bien una «santita», a la que se acude para conseguir gracias baratas? ¿La Virgen María del Evangelio, venerada por la Iglesia orante, o más bien una María retratada por sensibilidades subjetivas, como deteniendo el brazo justiciero de Dios listo para castigar: una María mejor que Cristo, considerado como juez implacable; más misericordiosa que el Cordero que se ha inmolado por nosotros?
_______________

Véase con cuidado las expresiones disyuntivas. Nada de una María retratada por sensibilidades subjetivas. Pobres pastorcillos de Fátima, que contaron los mensajes de la Virgen bajo su propia sensibilidad subjetiva de infierno, castigo y penitencia.

Yo creía que una verdadera Madre, también da avisos de peligros a sus hijos. Incluso a veces los castiga en directo y sin intermediarios. Cuanto mayor es el peligro, mayor es el aviso. Cuanto más insistente es el aviso, debe ser porque es mayor el peligro. No me imagino a una madre dándole palmaditas en la mejilla a su hijito mientras ve que se está hundiendo en una ciénaga. Pero bueno, ya se sabe que las comparaciones de Bergoglio no son exactamente las de un intelectual de altura. Pero sí que llevan su carga destructora. Se trata en este caso de que las visiones del infierno de los niños videntes estarían provocadas por un catolicismo que hoy día está superado. Nada de infiernos, nada de castigos.

Si acaso, el infierno estaría poblado de los hipocritas rígidos, de los que se niegan a la inmigración, de los que venden armas, de los que no creen en el cambio climático, de los que desean el poder a cualquier precio, de los que promueven la cultura del descarte. Y un largo etcétera.

Por cierto, ahora que lo pienso, la Virgen de Fátima también practicó la cultura del descarte. Mientras que permitió que Lucía y Jacinta escucharan sus mensajes, descartó a Francisco, a quien solamente le permitió verla, pero no escucharla. Como eso fue en 1917, se puede perdonar. Hoy día no haría eso la Virgen. Se habría aparecido a un niño blanco portugués de Lisboa, una niña negra portuguesa de Mozambique y un@ inmigrant@ musulmán@. Al fin y al cabo, Fátima es un nombre muy mahometano.

La imagen de Francisco recalificando Fátima, y la imagen del altar masónico (dentro de un templo masónico) con una custodia que más bien parece sacada de algún Gugenhein masónico, ha sido suficiente para celebrar con un nuevo paradigma este centenario. Por eso mismo quiso estar allí Francisco.



viernes, 19 de mayo de 2017

BERGOGLIO UTILIZA LOS RESURREXIFIXES QUE HAN SIDO CONDENADOS


En 1947, el Papa Pío XII condenó los crucifijos que muestran a Cristo Resucitado (llamados “Resurrexifixes”) , cruces que no muestra los sufrimientos de Cristo.
Pío XII, Encíclica Mediator Dei:
...
Así, por ejemplo, se sale del recto camino quien desea devolver al altar su forma antigua de mesa; quien desea excluir de los ornamentos litúrgicos el color negro; quien quiere eliminar de los templos las imágenes y estatuas sagradas; quien quiere hacer desaparecer en las imágenes del Redentor Crucificado los dolores acerbísimos que El ha sufrido.


MISAS EN LA MISION SAGRADOS CORAZONES DE JESUS Y MARIA DE DAIMIEL



****





Todos los 1º sábados de mes  a las 18.00 h. el P. Ángel Fabián Benzi celebra la Santa Misa Tradicional en la Misión Sagrados Corazones de Jesús y María de Daimiel.

Para más información: apostoladoeucaristico@hotmail.com

miércoles, 17 de mayo de 2017

ORACION PARA PEDIR LA RESTAURACION DE LA SANTA MISA TRADICIONAL




Oh, Señor Jesucristo, eterno Sumo Sacerdote e Inmaculado Cordero de Dios, muerto por nosotros y por muchos en el altar del Calvario, y continuamente ofrecido a Vuestro Eterno Padre en la pura oblación de Vuestro Sacrificio Eucarístico, conceded, os imploramos, a través de los méritos y oraciones de vuestros Santos Gregorio Magno, Tomás de Aquino y Pío V, que la Santa Misa Católica, Apostólica y Romana, ratificada, explicada y perpetuada por ellos, pueda ser debidamente restaurada en los altares de Vuestra Iglesia a través de todo el mundo; que una vez más, este majestuoso y perenne Rito pueda ofrecer infinita adoración y homenaje a la Santísima Trinidad, los frutos más abundantes y consuelo y alimento espiritual para los fieles, una defensa inexpugnable y compensación contra el creciente flujo del mal y una terminación segura de la angustia, temor, dudas y profanaciones ocasionadas por su injustificado abandono y sustitución.

Oh, benditos santos de los siglos, que santificasteis y nutristeis vuestras almas con la perenne Misa Romana, y Santos Mártires que vertisteis vuestra Sangre por ella, os suplicamos fervorosamente que no seamos privados de la misma, y que como vosotros, nos comprometamos con la Misa a cualquier costo y hasta el último aliento de nuestra vida.

Sagrada Virgen María, Madre de la Inmaculada Víctima Eucarística, rogad por nosotros, para que podamos valientemente proseguir la rectificación de la actual usurpación del Sacrificio Eucarístico, y conseguir, con vuestra poderosa ayuda maternal, la restauración de nuestra Misa Católica y el Reinado y el orden de la Majestad de vuestro Hijo Jesucristo. 

Amen