jueves, 23 de febrero de 2017

EL ODIO CABALGA SIN BRIDAS - JOSÉ UTRERA MOLINA



No hay calificativo suficiente para valorar el daño histórico y moral que todavía se sigue produciendo en España en virtud de la ley de memoria histórica, alumbrada por Rodríguez Zapatero y mantenida por Rajoy. La lógica de esa ley –si es que alguna tiene- está visceralmente quebrantada. Ya hace años que aquél nefasto gobernante ofreció en bandeja de plata a Santiago Carrillo el derribo ilegal de la última estatua de Franco que había en Madrid, como regalo de cumpleaños. Posteriormente, han ido cayendo uno tras otro cientos de monumentos o placas que hagan relación a cualquier personaje que tuviera alguna relación con la media España que no se resignó a ser pisoteada por el comunismo en 1936. En Barcelona, se expone para público aquelarre la figura de un Franco decapitado para alborozo de unos pocos cobardes que dan rienda suelta a sus más bajas pasiones. En otros lugares se amenaza expresamente a Ayuntamientos con la retirada de subvenciones haciendo oídos sordos a la voluntad de los vecinos de mantener su identidad y su historia.

Mientras todo esto tiene lugar ante la indiferencia de la mayoría, se mantiene afrentosamente el público homenaje a los verdaderos causantes de la guerra civil, Prieto y Largo Caballero, golpistas en el 34 y revolucionarios en el 36, quienes pisoteando el derecho, por cobardía o convicción quisieron entregar España a la Internacional comunista. Pero nadie dice nada. Nadie denuncia tan burdo sectarismo. ¿Cómo es posible que no exista un clamor para denunciar tamaña felonía? ¿Es que los españoles hemos perdido, ya no el instinto sino la mínima razón, que endereza la figura del ser humano?.

Hoy vuelven a estar de moda las corrientes más criminales y canallescas de nuestra historia. Vuelven orgullosos y desafiantes los puños en alto y las banderas rojas se despliegan ufanas, ante la cómoda indiferencia de una mayoría silenciosa. Mientras tanto, los hijos y los nietos de tantos miles de españoles que dieron su vida por Dios y por España, permanecen agazapados, silentes, consintiendo que se injurie públicamente la memoria de sus antepasados, que profanen sus tumbas y borren su recuerdo de la memoria colectiva.

Yo tengo ya demasiada edad para luchar sólo contra esta tremenda injusticia. Pero mientras el pozo de odio está completo y vierte sus excrementos sobre la Historia, los que guardamos todavía el recuerdo de una España grande y limpia, preferimos morir a contemplar con indiferencia y cobardía la victoria de la mentira y la escandalosa manipulación de nuestro pasado más reciente. Yo me declaro en pública rebeldía contra esta ley sectaria que levanta muros entre hermanos y aventa de nuevo las arenas ensangrentadas de otro tiempo y de otra época. Pocos escucharán mi clamor, pero quisiera morir con la certidumbre de que hasta el último momento de mi vida, he respetado la verdad y he rechazado el odio. Un odio que se ha convertido en torrente sin que se levante una mínima pared, un endeble muro que contenga el atroz mensaje de indignidad que representa la Ley de la Memoria Histórica.

José Utrera Molina
Êx ministro


BERGOGLIO EN SU DISCURSO ATEO-MARXISTA LE HIZO PROSELITISMO A LA INVASION MUSULMANA




martes, 21 de febrero de 2017

FATIMA 2017 (Español)






LAS PUERTAS DEL INFIERNO



Laureano Benítez Grande-Caballero

Hay otras Españas, pero están en ésta. Y llegan hasta nosotros a través de portales ―«gates»― que se abren a otras dimensiones, a otros espacio-tiempos.

Un portal de estos se abrió hace poco en Valencia, en una calle céntrica, a las seis de la tarde, cuando un radikal podemita abordó a un sacerdote acribillándole a blasfemias, amenazándole con el candado de una moto, a la vez que le advertía de que nos fuéramos preparando los católicos ante lo que iba a venir.

Es ésta una de las típicas «puertas del infierno» ―«hellgates»― que se abren cada vez más por toda la geografía española, trayéndonos luciferinos coñosinsumisos, brujeriles madresnuestras, castradoras Femens, monjas violadas por titirietarras, pintadas satánicas en los muros de las iglesias, blasfemias con Hostias consagradas, robos en las iglesias, y toda clase de persecuciones a la Iglesia Católica. ¿De qué España viene todo esto?: pues de la España republicana del 31 al 39: Welcome to hell.

A través de esta siniestra puerta, nos llegan cada vez más sus descarnados zombies, sus milicias de colmillo retorcido sedientas de sangre católica, el insoportable hedor de su piromanía quemaconventos, las momias católicas profanadas, el pestilente olor sulfuroso del Señor que las dirige.

A partir del día del Alzamiento, en un período de tan sólo seis meses, cerca de 7000 miembros del clero fueron martirizados por los milicianos. En su obra «La persecución religiosa en España» (1961), Antonio Montero habla de 4.184 sacerdotes diocesanos ―incluidos 12 obispos y muchos seminaristas―, 2.365 religiosos y 283 monjas ―muchas de ellas previamente violadas―. El horror de estas matanzas puede comprenderse con un simple dato: en agosto de 1936 se mataba una media de 70 curas al día.

A estas cifras hay que añadir las víctimas laicas, con lo cual el resultado final se acerca a las 10.000.

Además de este holocausto, la persecución arrasó muchos edificios religiosos: en Valencia, 800 fueron totalmente arrasados, mientras que la destrucción parcial afectó a todos en ciudades como Almería, Tortosa, Ciudad Real, Barbastro, etc.

La tortura física y los tormentos de toda laya estuvieron presentes en buena parte de estos hechos, llevadas a cabo en las terribles «chekas» establecidas por la República.

Fue tal la magnitud del desastre, que el historiador de nuestra guerra Hugh Thomas afirmaba que «En ningún momento de la historia de Europa, y quizás incluso del mundo, se ha manifestado un odio tan apasionado contra la religión y todas sus obras».

Frente al tópico de que el causante de esas atrocidades eran elementos descontrolados, los estudios indican que contaban con una siniestra planificación, hasta el punto de que llegó a haber 200 comités de milicias y patrullas de control en Cataluña, que tenían sus centros de detención, y contaban con listas donde figuraban personas concretas a eliminar.

Jordi Albertí, catalanista y creyente, publicó un estudio sobre los primeros meses de la guerra civil en Cataluña, titulado «El silenci de les campanes». Según sus investigaciones, los asesinatos fueron planificados por los comunistas libertarios ―FAI y CNT―, contando con la complicidad de otros grupos izquierdistas

Joan Peiró ―ministro de Industria de la República en el gobierno de Largo Caballero― confesaba en 1936 ―en su libro «Perill a la retaguardia»― que no fueron solamente los anarquistas los autores de estas matanzas: «Todos los partidos, desde Estat Català al POUM, pasando por Esquerra Republicana y el Partido Socialista Obrero catalán, han dado un contingente de ladrones y asesinos, por lo menos igual al de la CNT y la FAI».

Todas las investigaciones apuntan a que la zona más castigada por el holocausto rojo fue Valencia ―¡qué casualidad!: hoy en día es la ciudad de España donde más se persiguen las manifestaciones católicas debido a su militante espíritu laicista― seguida de Cataluña, donde fueron asesinados cuatro obispos, y donde hubo ciudades donde se asesinó a más de 50% del clero ―por ejemplo, en Lérida ese porcentaje fue el 65%, y en Tortosa el 62%―.

Al igual que ocurrió durante la persecución del año 1931, las autoridades republicanas dejaron hacer a milicianos y anarquistas.

Las precisión casi quirúrgica de esta barbarie fue tal, que Andreu Nin ―jefe del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista)― llegó decir que «el problema de la Iglesia nosotros lo hemos resuelto totalmente, yendo a la raíz: hemos suprimido los sacerdotes, las iglesias y el culto».

Las masacres llegaron a tal grado de paroxismo, que cuando el gobierno republicano afirma ―el 25 mayo 1937― que debe haber libertad de culto, «Solidaridad Obrera» se ríe de esta medida, diciendo: «¿Libertad de culto? ¿Que se puede volver a decir misa? Por lo que respecta a Madrid y Barcelona, no sabemos donde se podrá hacer esa clase de pantomimas: no hay un templo en pie ni un altar donde colocar un cáliz».

En varias ocasiones ―ya desde un temprano 1 de julio de 1937, pasando por los documentos «Constructores de la Paz» de 1986, y «la fidelidad de Dios dura siempre», de 1999― la Iglesia ha concedido el perdón a todos los que colaboraron por activa o por pasiva en esa espantosa persecución. Sin embargo, ninguna de las organizaciones implicadas en la persecución ha pedido perdón hasta el día de hoy.

Ningún gobierno español ―ni de derechas ni de izquierdas―, ha hecho nada por homenajear a los mártires católicos de aquellos días, para recuperar su memoria y exigir las debidas indemnizaciones a los descendientes de aquellos responsables. Si se habla de memoria histórica, que sea para todos, y no sólo para los verdugos.

Sin embargo, frente a esta patética cobardía de la derecha en reivindicar la memoria de las víctimas de las persecuciones anticatólicas en la España republicana, los conservadores no tuvieron inconveniente en aprobar las proposiciones de homenaje a la masonería que tuvieron lugar en el Parlament de Cataluña el 25 abril del año 2001, elogiando «su lucha en favor de las libertades». El texto subraya la consideración del Parlament hacia «aquellas obediencias masónicas que a lo largo de la historia reciente han sido agraviadas injustamente».

Incluso se da el caso de que los conservadores también han aprobado en algunas Comunidades Autónomas mociones para reivindicar la memoria de los maquis, llegando incluso a proponer que se reconozca a los miembros de este colectivo su tiempo de permanencia en la guerrilla a efectos de cómputo de las pensiones.

Es un hecho sabido que el 40% de los miembros de las Cortes constituyentes de la Segunda República pertenecían a alguna logia masónica, a la cual también pertenecían también 14 consejeros de la Generalitat, incluido su presidente, Luís Companys, que se inhibió en la represión de las persecuciones anticatólicas.

Es de suponer que la masonería tuvo mucho que ver en las masacres, pues uno de sus principios ideológicos fundamentales es combatir a la Iglesia Católica, y es un hecho comprobado que se infiltra especialmente en los partidos de izquierda, últimos responsable del holocausto católico durante la Segunda República.

Con lo cual, no sólo no se reivindica la memoria de las víctimas de las persecuciones, sino que se homenajea a colectivos que han tenido arte y parte en ellas.

Y es que en España padecemos una endémica falta de un partido verdaderamente de derechas, que no duerma con sus enemigos, que no abdique de sus principios ideológicos, que defienda los valores conservadores que definen a su electorado, que no sea tan cobarde como para pedir perdón por existir, por no compartir la ideología de pensamiento único que nos quiere imponer el globalismo.

De no ser así, en España siempre tendremos abierta la puerta hacia otro infierno, que explicó magistralmente Clint Eastwood en una película, titulada «Infierno de cobardes».


sábado, 18 de febrero de 2017

BERGOGLIO ES UN "DICTADOR QUE INFUNDE MIEDO"


LA PASTORAL DEL INSULTO



No hay que insultar a nadie. No me ha gustado nunca, y lo desaconsejo fervientemente a mis novicios exaltados. Se puede discutir, precisar o criticar. Pero nunca con el insulto como emblema. Por supuesto que no es cristiano, pero ni siquiera se comporta con nobleza quien quiera imponer la verdad por ese medio.

Sin embargo, estamos asistiendo a situaciones de insulto que se propagan como la pólvora. El insulto se ha apoderado de las redes sociales, o mejor: éstas se han apropiado el insulto como arma facilona que a la vez que destruye, permanece oculta tras la pantalla del twiter de turno o del facebook impaciente. Una respuesta inadecuada o un enfado en twiter, suscita ipso facto una cascada de afrentas y exabruptos difíciles de tener solución, después de darle al botoncito de enviar. Con la capacidad de generar nuevas misivas cada cual más acalorada y tempestuosa.

Este domingo era el propio Francisco quien alertaba de que el insulto es contrario a los mandamientos de Dios, advirtiendo que se ha convertido ya en algo habitual.

…nosotros estamos acostumbrados a insultar, es como decir “buenos días”. Y esto está en la misma línea del matar. Quien insulta al hermano, mata en su propio corazón al hermano. Por favor, ¡no insultar! No ganamos nada…

Claro que algunos medios se han lanzado a comentar que el propio Bergoglio ha pavimentado de insultos estos cuatro años de Pontificado. Desde el primer día llamó la atención este nuevo comportamiento de alguien que dice ser Sucesor de Pedro. No parece adecuado a la Institución. Es cierto que los suyos han sido insultos dirigidos siempre a las mismas bancadas. Esto lo sabe todo el mundo. Insultos a los de acá, mientras se piropeaba a los de allá. Descalificar y poner como un trapo a los de dentro, mientras se elogia y se canoniza a los de fuera. Parece imposible, pero así es. Nadie podrá desmentir esta actitud pontificia, porque se encuentra fácilmente en las hemerotecas. Ya en 2014 apareció un libro sobre los insultos de Francisco. Casi nada.


Mis novicios estaban preocupados por esta llamada de atención de Bergoglio. Se han percatado que esto lo ha dicho justamente después de unos días, en los que su figura ha sido objeto de pasquines y sátiras en las mismísimas calles de Roma. O sea, ante sus pontificales narices, si se me permite la expresión. No es ya lo que puede aparecer en internet o en publicaciones inconformistas. Es en la calle, a pocas manzanas de su casa.


Hay que reconocer que cuando las cosas se ponen así, y se siente la rabia interna de ver que se ha escapado de las manos el pasquinero de turno o el impresor de un periódico burlón, no está bien acudir el domingo siguiente a condenar a los que insultan, lanzando la indirecta de lo pecaminoso de estas acciones de los insultadores anónimos. Qué curiosa actitud, pero qué humana. Nos gusta insultar a los demás, pero nos duele que alguien nos insulte. Y Francisco, tan vulgarmente humano y tan quisquillosamente volcado a poner como chupa de dómine a los que no piensan como él, tan conocido en estos años por sus referencias a los pepinillos en vinagre, o a los rígidos, o a los que llevan las manos pegadas, o a los periodistas amantes de la caprofagia, o a los que les encantan las puntillas… se ha visto a sí mismo como objeto de las sátiras romanas. Hay un refrán castellano que viene a decir que donde las dan las toman. O sea, que lo sembrado, se recoge. Por eso no han faltado nuevos recopilatorios y nuevas críticas a estas palabras del pasado domingo, para quejarse larvadamente, condenando a los que le han insultado a él.

De todos modos, creo que Francisco debería aplicar al pecado del insulto los mismos criterios misericordiosos y comprensivos que él mismo ha llamado a aplicar con los adúlteros vueltos a casar: Hay que analizar caso por caso, hay que acompañar, hay que discernir. Y si ellos están en una situación de tranquilidad de conciencia y se sienten en paz con Dios, pues entonces no hay problema. Si esto lo hace tan ricamente con el adulterio, imagínense con el insulto, que es mucho menos grave en sí.

Decía el cardenal Martínez Sistach en la presentación de un nuevo libro que interpreta la Amoris Laetitia (nunca he visto tantos libros dedicados a interpretar algo que dicen que está tan claro…), que el genial papa Francisco, se fija más en las personas que en las categorías. Pues eso mismo, que lo haga con los insultadores, digo yo. Dejemos las categorías de insulto en general y vayamos al porqué del insulto en concreto. Ese insultador debe encontrar acompañamiento y comprensión. Seguro que él no quería insultar, pero está en camino y en proyecto de abandonar el insulto. Por tanto, aunque haya insultado a Bergoglio o haya despotricado un tanto, hay que analizar caso por caso. A lo mejor hay descontentos que ven que Francisco ha pisoteado la doctrina de la Iglesia, tradicionalistas periféricos que se sienten en paz con Dios, al mismo tiempo que han puesto los pasquines romanos. Por lo tanto, a ésos hay que escucharlos, comprenderlos y acompañarlos en un proceso catequético, que les conduzca a quitar ellos mismos los cartelones y hacer penitencia.

Parece que no ha optado Bergoglio por esta vía misericordiosa. Dicen las malas lenguas, que la policía vaticana está buscando culpables por doquier. Entre los tradicionalistas, claro está. Ya sabemos que el cardenal Osoro no fue el organizador. Me apuesto la cogulla. Dentro de poco nos dirán que eran unos sobrinos del cardenal Burke y los pasquines los pagó alguna organización financiada por Trump.

Mucho me temo que no será así. Si no contesta a cuatro cardenales que humildemente plantean unas dudas razonables y doctrinales para ser aclaradas, ¿se tendrá misericordia con los pasquineros nocturnos? Y es que en situaciones de máximo descontento en una dictadura, se acrecienta el humor satírico en el pueblo. Conscientes de que es ya lo único que se puede hacer. Veremos hasta dónde llega el buen humor y la risa sana, cuando se consumen los cambios y defenestraciones que están a punto de llegar.